De vuelta a la Selva Negra

Llegamos al lago Konstanz entre una espesa lluvia. Nuestro destino era Lindau, pero después de dar un par de vueltas con el coche, vimos que no estaba el tema como para pararse a pasear, aunque fuese con paraguas.
Lindau es una población bastante turística del sur de Alemania. A orillas del lago Bodenssee, en verano debe ser todo un paraíso para los deportes acuáticos y naturaleza en general. Por medio de un puente nos adentramos en la Isla de Lindau, pero con tanta lluvia y mal tiempo, la visita se redujo a “una vuelta” literalmente.
 




Florida rotonda, no había centimetro sin planta

La siguiente población, también a orillas del lago y a muy pocos kilómetros de Lindau, es Meersburg, que atrae por su pequeño y bonito casco antiguo y sus vistas al lago, a suponer bonitas con buen tiempo, claro.
Por aquí callejeamos un buen rato, después de dejar, como siempre, el coche en un parking descubierto y de pago a las afueras.  


Y después de poner la oreja cerquita de un grupo de turistas argentinos, descubrimos que no nos perdemos nada interesante que podamos descubrir en cualquiera de las dos guías que llevamos en este viaje. Esto mismo nos pasó en Ratisbona, donde seguimos a un grupo de pensionistas españoles y a su joven guía, y nos dimos cuenta que a la gente le atraían más los chiringuitos locales que escuchar literalmente “ahora estamos en el 13, vale? y vamos hacia el 16”, refiriéndose a 13 y 16 como puntos en el mismo mapa turístico que teníamos nosotros y que habíamos cogido en la oficina de información.




Desde Meersburg, podemos ver cómo los ferris van y vienen en su ruta hacia Constanza, en el lado opuesto, pero el tiempo nos desanima a pensar en desviarnos hacia allá.




Después de tantos días y kilómetros de viaje, queremos descansar un poco, y que mejor que hacerlo, haga el tiempo que haga, que donde empezamos viaje; en la Selva Negra.

Ponemos rumbo hacia el primer pueblecito de la ruta que se quedó finalmente sin visitar, también por culpa de la lluvia, pero ahora nos da igual.

Todtnau, es una población muy muy pequeña, pero tiene sus cuatro callejuelas, sus Gasthof o restaurantes y como no su iglesia. Cerquita de allí, a unos 5 km, entre montañas y más montañas, subiendo y subiendo, curva va, curva viene, encontramos Todtnauberg donde de las 50 casas del pueblo, todavía dudo ahora mismo que haya alguna que no se dedique al negocio del hospedaje.

Nosotros topamos allá en lo alto, con Anita, una señora encantadora que por un módico precio nos alquilo un apartamento en su gran casa (cinco garajes, su vivienda y cinco apartamentos más), durante dos días.
Muy amable, de acá para allá todo el día y siempre muy curiosa, no dejaba de preguntarnos de todo. En su inglés como decía ella: “katastrof”,  se hacía entender cómo podía.


Todtnau y Todtnauberg, son en invierno un hervidero de gente practicando deportes de nieve. Pudimos ver el mapa de las pistas, solo aquí en Todtnau y cuidadito, que verde no había ninguna y azul, había que buscarlas con lupa. Todo eran pistas de nivel rojo y negro.
Eso sí, todo el mundo va andando a todos lados, con sus bastones y poco más. Y si llueve, pues como si nada.



El día amaneció increíblemente e inesperadamente soleado, y aprovechamos para hacer lo que no habíamos podido nuestro primer día de viaje. La Rodelbahn; desde el pueblo de Todtnau se levanta una montaña empinada que culmina en unos 1200 metros.



Se puede subir a esa montaña por un telesilla, en el que las vistas mientras dura la subida son mejores a cada paso. Una vez arriba, se pueden hacer variedad de rutas; nosotros hicimos una que nos llevó hasta una torre de vigilancia 500 metros más arriba y que, como es habitual, terminó con nuestras fuerzas a primera hora de la mañana, por lo empinado del camino.
Vista subiendo en teleférico

Vértigo tal vez?, lo cierto es que el cacharro se meneaba un poco

Pero, el tema no termina ahí. Para bajar hay tres opciones; andando por una de las rutas de senderismo, de vuelta en el telesilla, o en la Rodelbahn, que es una especie de montaña rusa, cuyos raíles se deslizan montaña abajo haciendo un sinfín de curvas y vueltas hasta llegar abajo. Casi siete kilómetros de montaña hacia abajo, da un poco de impresión.
Lo bueno es que el cacharro lo controlas tú, tiene un sistema de frenado que por medio de unas palancas, te reduce la velocidad hasta llegar a frenar del todo.
Me sorprendió cuando subía que la mayoría de la gente iba muy despacito, como dando un paseo, pero cómo sería probar la velocidad montaña abajo?




Y después de dos días de relax, en medio de la Selva Negra, nuestro último paseo fue un corto treking hasta una bonita cascada.


Como no, George no se podía ir de aquí sin probar por última vez la Tarta Selva Negra.

Y para terminar, nuestro último día en Alemania, disfrutamos de una banda de música local, que lo hacían genial.

Auf Wiedersehen !




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